sábado, 11 de julio de 2009

L'arrivée

Llegar, a no se sabe dónde,
a pintar de colores mi memoria.
Memoria, palabra curiosa, ¿Qué partes de tú vida pertenecen a ella?
¿Cúales han sido inventadas?
¿Qué hay de real? ¿Qué de invención?
Cada vez tengo menos claro lo que me hizo reír en el pasado, cada vez menos, también, lo que pudo hacerme llorar.
Salvo esta espina, tan clavada, tan profunda, que he olvidado de dónde, de cuándo, de cómo...
Memoria, que palabra tan desagradecida.
Mi memoria guarda recuerdos, tan nítidos, que creo reales:
Eran cinco o seis años los que tenía, no más, recuerdo aquella habitación, las cintas de Machín y el libro de Miguel Hernández, "Poesías", recuerdo leer una y otra vez "Nanas de la cebolla", era mi poesía, supongo que como podía haberlo sido cualquier otra, pero me adjudiqué esa.
Años más tarde el libro corrió a mis manos, para quedarse siempre en ellas, volviendo una y otra vez a las mismas estrofas...


NANAS DE LA CEBOLLA
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
junto a la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la lina
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pones alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo me ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela, niño, en la doble
luna del pecho:
él triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
(Miguel Hernández- Poemas últimos)

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